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Rubén: regenerar la tierra, un gesto a la vez.

  • Foto del escritor: Quentin Gustot
    Quentin Gustot
  • 19 abr
  • 2 min de lectura


Rubén Pilco es el hermano de Juan Patricio. Vive y trabaja en la Chacra Andina junto a toda la familia, en ese espacio de vida compartida que los Pico Hipo han construido con paciencia durante más de veinte años. Como los demás, llegó aquí con una historia, unas manos y una convicción.


Su atención se centra, entre otras cosas, en lo que está debajo, en lo invisible, en lo que condiciona todo lo demás: el suelo. Lo que no se ve desde el camino, lo que los visitantes no siempre notan a primera vista, pero sin lo cual nada de lo que crece aquí sería posible. Rubén restaura, regenera, observa los resultados y vuelve a empezar. Asocia especies nativas de los Andes —como el aliso kichwa, el puma maqui, el tilo, el sauce y las acacias, con frutales como el aguacate, el nogal y el chapulín.


Crea setos rompevientos e introduce plantas de la costa y la Amazonía donde el microclima, construido por la familia árbol tras árbol a lo largo de los años, ahora lo permite.


"Hemos hecho muchas pruebas aquí. Hemos visto los resultados. Funciona."


Una frase sin énfasis. Solo el constato sereno de alguien que trabaja a largo plazo y ha aprendido a confiar en el tiempo. Sin atajos, sin soluciones milagrosas. Solo observación, paciencia y la certeza de que la naturaleza hace bien las cosas cuando se le dan las condiciones.


Para Rubén, lo que ocurre en la Chacra Andina va mucho más allá del marco de una granja familiar. Es una contribución concreta, modesta pero real, a algo mucho más grande. Al restaurar los suelos, preservar la microdiversidad, las aves, los insectos y los microorganismos que trabajan en silencio bajo la superficie, la familia aporta, a su manera, a la lucha contra el calentamiento global. No con discursos, sino con actos, semillas y tiempo.


Lo dice sin grandilocuencia, como una evidencia tranquila:"El campo es la medicina del campesino."Aquí no dependen de la ciudad. Toman lo que necesitan de la finca, para los humanos y para los animales. Lo que falta, lo buscan. Lo que hay, lo comparten.


En las palabras de Rubén hay algo que resume bien el espíritu general de la Chacra Andina: la idea de que lo que se hace aquí no es solo para ellos. Que regenerar un suelo, salvar una especie o crear un refugio para las aves en un paisaje empobrecido es también dejar un testimonio. Mostrar que es posible. Que en un pequeño pedazo de tierra, con pocos recursos y mucha constancia, se puede ir a contracorriente y construir algo que perdura.


Un gesto local. Un alcance que va mucho más allá.






 
 
 

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